martes, 31 de julio de 2012

La Angustia








































El silencio del genocidio fue roto por murmullos y rudios, provenientes de muchos lugares. Sólo entonces empezaron a ver cómo algunos cuerpos se movían, algunos quitándose los cuerpos sin vida de encima, otros saliendo de improvisados escondrijos en los que milagrosamente habían encontrado la salvación.

Algunos magos también se habían salvado, y curaban como podían las heridas más superficiales, preparandoles para una estancia en un buen hospital, desde donde habían acudido aquellos que no habían participado en la súbita guerra, prestando su ayuda y evacuando en camillas a los heridos.

Los magos más valientes rebuscaban entre los escombros y los cuerpos a aquellos mortífagos que quedasen aún con vida, agrupando a los pocos que quedaban en un selecto grupo, a los que se les aplicó la máxima sentencia en Azkaban ; murieron tras una larga agonía, devorados por los dementotes.

Tras aquello, Lupin se llevó consigo a Hermione, destrozada y con los nervios crispados, ofreciéndole un hogar donde descansar y superar los trágicos hechos.

Y ella sólo pensaba en cerrar los ojos y sumergirse en la oscuridad, dejando atrás la realidad.

Durmió durante dos días seguidos, murmurando frases inconexas entre sueños, y en ocasiones aullando con horror, ocasión en la que Lupin mitigaba su terror con un leve toque en las sienes ; acudía a su lado en cualquier momento del día o la noche, y la trató con mucha ternura, aunque ella no se había dado cuenta hasta ahora de su amabilidad, y de lo mucho que lo echaba de menos. Se había acostumbrado a su voz suave y melodiosa, a su preocupación por ella y a su carácter afable, y le remordía la conciencia el no haberse dado cuenta hasta ese momento.

No sabía cuánto tiempo había pasado con él, ni siquiera llevaba la cuenta de los días o las semanas, que pasaban a toda velocidad.

Lupin se había encargado de comunicarse con sus padres muggles, y decirles que ella se encontraba bien ; le costó un poco convencerles que la dejaran quedarse con él, pero estratégicamente les sirvió en bandeja alguna excusa que no pudieron eludir.

Así pues, el profesor se encargaba de todo, y ella no debía hacer nada, sólo reposar e intentar olvidar, cosa harto difícil, pues las imágenes de las muertes, los alaridos que resonaban en su cabeza por las noches cuando cerraba los ojos para intentar dormir, la soledad que llenaba su corazón.... la acompañaban durante esos aciagos días, en los que se sentaba frente a la ventana de su habitación, observando el pasar del tiempo, como una muñeca de porcelana, con la mirada fija y sin vida.

Empezó a sentirse presionada, encerrada en una casa que ni siquiera era la suya, junto a un hombre extraño que sólo sabía complacerla y tratarla como a una muñequita susceptible de romperse con cualquier roce, como si fuera de cristal.

Y una noche en la que estaba especialmente sensible y agobiada, estalló, gritándole y diciéndole cosas realmente hirientes ; se preguntaba cómo estaría él ahora, o cómo se sintió en aquel momento, pues ella salió disparada de la casa, sin nada más que lo que llevaba puesto.

Por supuesto que él salió corriendo tras ella, pero en aquel momento el mismo autobús nocturno que se apareció a Harry, salió de la nada, y subió sin mirar atrás, dejando a Lupin sólo en la fría noche, mirando cómo se escapaba ella en aquel monstruoso transporte mágico.

No recordaba muy bien cómo ni cuanto tiempo había pasado, pero se encontró de pronto frente a su casa ; el conductor había adivinado sin que ella le dijese nada su deseo más profundo, el regresar con su familia y encerrarse en su habitación, aspirando el agradable aroma con el que había crecido.

La sorpresa de sus padres fue mayúscula cuando la vieron entrar por la puerta, sin saludarles siquiera, sólo les miraba con ojos cansados, y cayó redonda en cuanto traspasó el umbral.

Desde aquellos días había pasado ya un mes, y ella estaba algo mejor, aunque las pesadillas eran recurrentes y la pena aún seguía carcomiéndola. Muchas veces había pensado en Lupin, cuando pasaron algunos días se dio cuenta de que no era lo mismo sin él, que compartía un espacio cada vez más notable en su cabeza y, tal vez, en su corazón.

Se sentía avergonzada, pero decidió escribirle, para excusarse humildemente y saber de él, pero ni siquiera le había contestado, ni la primera vez, en la que pensó que tal vez su lechuza se perdió o no fue capaz d encontrarle, ni la segunda vez, en la que siguió intentando convencerse de que tenía mala fortuna, ni la tercera y cuarta vez, en la que suponía que él no quería responderla. O que quizás se había marchado, eran tantas las opciones...

Una desazón la poseyó cuando pensó en que le podría haber pasado algo peor, o en que quizás estaba tan enfadado y dolido con ella que no quería saber nada más.

"¿Realmente es por mi culpa? ¿Estará enfadado conmigo?... Me siento tan triste y asustada..." – pensaba para sus adentros, mientras en su cara se dibujaba una mueca de tristeza y los ojos se le empañaban por las pocas lágrimas que empezaban a surgir....

Rememorando...











Hermione estaba sentada tranquilamente en un rincón de aquel viejo café.

Sus dedos jugueteaban con una moderna pluma muggle, que había comprado en una tienda pequeña escondida en un callejón, junto con un paquetito de sobres y hojas negras, y unos botecitos de tinta plateada.

Quería escribir una carta a alguien muy especial, y deseaba cuidar el aspecto de aquella misiva.

En su cabeza las ideas estaban muy claras, pero las palabras bailaban entre ellas, dificultándole el trabajo de plasmarlas en el papel ; le incomodaba esa sensación de impotencia al no saber, por primera vez en mucho tiempo, cómo expresarse eficazmente.

Dio un pequeño sorbo a su té de almendras, cerrando los ojos y aspirando el dulce aroma del líquido que calentaba su cuerpo.

Fuera, en la calle, empezaba a oscurecer.

La gente andaba con prisas de acá para allá, cargados con grandes bolsas atestadas de regalos.

La navidad llegaría en poco tiempo, y el febril intento de tenerlo todo a punto para cuando llegase ese día provocaba que allá donde mirase hubiera gente comprando, cargando regalos, poniendo motivos navideños en los escaparates de las tiendas que plagaban su camino.

Sentada al lado de una enorme ventana de madera, observaba el movimiento con melancolía, pensando en sus amigos, su familia... los muertos...

Hacía ya tres años que había finalizado las clases en Hogwarts, y fue en el último año cuando su vida se tiñó de oscuridad.

La lucha eterna contra Voldemort y sus mortífagos se libró durante el último curso, a medida que pasaban los meses, los días, algo le hacía sospechar que una desgracia les sobrevendría, y vivió con esa maldita sensación todos los días de aquel último año.

Y al final, despertó en una pesadilla.

No sabía ni cómo empezó ni porqué, pero de pronto se vieron rodeados por los mortífagos, que se habían infiltrado en el castillo, que debía ser el lugar más seguro de la comunidad mágica.

Todos lucharon, haciendo lo posible por defenderse, pero ellos eran más numerosos y desgraciadamente mucho más poderosos.

Esperaban que Dumbledore fuera por lo menos el único que pudiera salvarles, junto a los que componían la Orden, pero ni siquiera ellos pudieron hacer nada por salvar las vidas de aquellos que perecieron.

La batalla fue cruenta, y por fín todo acabó, tras horas teñidas de sangre y dolor ; aún así, nadie había ganado realmente.

Harry, condenado desde su primer hálito de vida a enfrentarse a aquel despiadado ser, a Voldemort, murió, llevándoselo con él.

No fue sencillo, no fue agradable.

La lucha fue sólo entre ellos dos, en un lugar apartado de los jardines del castillo.

Hagrid yacía muerto a los pies de su casa, con el pánico dibujado en su cara, y Harry no pudo hacer nada por salvarle.

Sintiendo la vida de los seres queridos amenazada, fué a su encuentro, y luchó hasta el final ; casi sin resuello y con múltiples heridas en su cuerpo, se obligó a asestar el golpe de gracia a aquella bestia inmunda que tanto mal había traído consigo, pero dando su vida a cambio.

Y Ron... Ron corrió las misma suerte, al intentar protejerla de un ataque por parte de Bellatrix, la dama de ojos fríos y cabellos negros, que reía estrepitosamente lanzando maldiciones por doquier ; en su mente sólo veía pequeños ratoncillos que corrían despavoridos de un lado a otro, gritando histéricamente.

Una solitaria lágrima rodó por su mejilla, cayendo sobre la hoja y formando una pequeña mancha descolorida.

Hermione rememoró con claridad cómo aquel pelirrojo se interpuso en la trayectoria de un Avada Kedavra, que la mujer siseó con malicia.

Sintió el peso del cuerpo que caía a plomo sobre ella, quedando la cabeza del chico sobre sus rodillas, como si descansase en un sueño eterno, con una sonrisa satisfecha en el rostro por haber conseguido salvar a su amor.

Ella lo abrazó, convulsivamente, lo besó, acarició y llamó con voz entrecortada, con los ojos anegados en lágrimas, sin prestar atención a la asesina, que se acercó a ella con una sonrisa en los ojos, divertida por aquel suceso.

Le apuntó con la varita en la frente, sin que ella se inmutase ; prefería morir y estar a su lado que vivir, recordándole en su soledad.

Y cuando la despiadada mujer iba a recitar su maleficio, quedó muda en mitad de su invocación ; cayó de rodillas y allí quedó, como un monigote andrajoso.

Hermione alzó la vista, sorprendida y dolida por la muerte arrebatada, y vió a Lupin, el licántropo, profesor y amigo, que la miraba con horror mientras le tendía una mano.

Al principio ella se zafó de él, gritándole, acusándole de haberla dejado seguir viva, pero tras aullar exasperada todo el dolor que podía arrancar de su vientre, cayó al suelo, sin fuerzas, y perdió la consciencia.

El tiempo y el espacio corrieron a su contra, precipitando una imagen devastadora que quedó grabada en su retina cuando volvió en sí.

Todo había acabado con el amanecer del nuevo día. Los cuerpos de los mortífagos caían desmanejados sobre los de los magos y estudiantes de rostros crispados.

Adonde fuere que mirase encontraba la misma estampa.

Caminó sin rumbo por entre los cuerpos, sintiendo cómo la pena la desgarraba por dentro.

Lupin la seguía a unos pasos, sin decirle nada, tan sólo pendiente por si de repente las cosas empeorasen.

Era increíble que la guerra entre dos estirpes del mismo mundo hubiera sido tan cruenta, el egoísmo y la idolatría los había llevado a hacer algo terrible.

Echó una mirada al devastado edificio de Hogwarts, cuna de muchos magos nobles y honrados... y desgraciadamente de los que se habían malogrado.

Parte del gran castillo había recibido también graves daños ; los cascotes caían sobre los cuerpos sin vida, y las almenas aparecían dañadas con grandes boquetes y quemaduras.

Un amargo sabor le llenó la boca, y se le hizo un nudo en el estómago, lloró al ver a lo que habían llegado.

Llevaría mucho trabajo el recomponerlo, pero estaba seguro de que algún día volvería a proteger entre sus muros innumerables vidas... Y aún así, sentía desazón y pena en su interior...

Aquel viejo café





























De un gran desastre nació una chispa de una nueva vida. Tras una sanguinaria guerra, Hermione se encuentra sola, sin nadie a quien acudir. Excepto... tal vez, aquél que le ofreció su apoyo sin pedir nada a cambio... Aunque sea un ser maldito...

Drama/Romance - Updated: 10-17-04 - Published: 10-14-04 - Hermione G. & Remus L.

El Genocidio
La Angustia
La Añoranza
Buscándote
Su historia

Hielo


Harry Potter: Hermione está destrozada. El amor de su vida la ha rechazado, así que decide huir... pero una sorpresa viene en pos de ella. ¿Una nueva oportunidad?

Harry Potter - Rated: M - Spanish - Drama/Romance - Chapters: 1 - Words: 1,891 - Reviews: 10 - Published: 10-4-04 - Hermione G. & Remus L.


Hermione observaba el paisaje a través de los empañados cristales del vagón donde viajaba.

El ocaso languidecía, tintando la bóveda celeste de colores suaves y fríos.

Los días morían rápidamente ; la estación de las nieves había llegado ya y el frío empezaba a acusarse.

El ambiente era frío, y Hermione se cubrió con un jersey grueso para calentar un poco sus huesos. Se abrazó a sí misma, sonriendo lánguidamente al recordar que aquel jersey era un regalo de la siempre bondadosa y enérgica Molly Weasley, la madre de aquel chico que la había destrozado.

Sus ojos se humedecieron al pensar en Ron.

Lo había amado muchísimo, desde la primera vez que le vió en realidad, aunque no supo darse cuenta hasta unos años más tarde, cuando sus cuerpos y sus mentes estaban en plena ebullición.

Sus días juntos fueron maravillosos, a pesar de las contínuas peleas que tenían. Pasó mucho tiempo, tanto, que parecía que llevaban ya toda una vida juntos.

Pero un triste día de invierno, todo cambió para ellos, y ya nada volvió a ser como antes.

Sin saber porqué, sin ninguna explicación, Ron le pidió dejar de ser pareja. Se negó a dar detalles, dió la vuelta y se marchó. Ella sólo vió, entre lágrimas amargas, cómo una borrosa mancha rojiza se iba alejando de allí.

Y por más que le buscó, ya no supo encontrarle. Sus amigos le habían dicho que se había ido, con sorpresa, pues creían que se habían fugado juntos, y no tenían idea alguna de su paradero.

Así que ella se fue también, dejando a un lado a ese joven, atormentándose por sus sentimientos, pero guardando demasiado orgullo en su interior como para ir desesperada en su busca.

A pesar de que estaba en mitad de curso, consiguió un permiso de la profesora McGonagall para poder recluírse por unos días en su soledad ; necesitaba volver a ser la de antes, para poder sacar todo el provecho de su inteligencia, pues en las actuales condiciones no era capaz de hacer absolutamente nada, estaba bloqueada y desesperada.

Cojió el primer tren que salía de Hogwarts, pero en dirección opuesta a la de su hogar muggle. Decidió pasar aquel tiempo sola, sin preocuparse por nadie más, y allí estaba ella, acurrucada en su asiento, acunada por el suave y monótono traqueteo del tren.

El cielo, negro y sin estrellas, lo engullía ya todo. Hermione sólo conseguía ver sinuosas formas tras el cristal, y su reflejo, que mostraba a una chica de tez pálida y ojos apagados.

De repente, la puerta del compartimiento se abrió, y una figura envuelta en una capa oscura y con la capucha cubriéndole por entero el rostro, avanzó lentamente hasta el asiento contiguo adonde ella estaba, dejó una maleta hajada sobre el estante superior y se sentó, sin quitarse la capa.

Hermione tuvo la desagradable sensación de que la estaba observando, y, nerviosa, quiso levantarse e irse del vagón, pero la figura alzó su brazo y la asió de la muñeca, a lo que ella, alarmada, contestó sacando su varita y apuntándole, entreabriendo los labios con intención de murmurar algún hechizo potente.

- ¡¡Detente!! – le dijo una voz conocida.

La figura se quitó la capucha, sonriéndola tímidamente mientras Hermione bajaba la varita, sorprendida.

- ¡¡¡Profesor Lupin!!! – exclamó, cuestionándose el porqué aquel profesor estaba en su mismo tren.

- ¿Qué está haciendo aquí? ¿No debería estar en la escuela? –

Lupin se limitó a sonreír, y le ofreció una galleta y una rana de chocolate, que la chica aceptó de buena gana. No se había dado cuenta hasta el momento en que le habían ofrecido ese dulce, de lo hambrienta que estaba.

Degustó tranquilamente la comida, mientras echaba fugaces miradas a Lupin, que parecía algo nervioso.

Tras un buen rato, en el que ella daba cuenta de lo que le había ofrecido y mientras él arañaba nerviosamente su capa, iniciaron una conversación, en el que ella supo que Lupin había decidido abandonar el colegio, después de las presiones de todos los padres de los alumnos que no querrían permitir a un licántropo formar parte de la docencia. Hablaron durante mucho tiempo, y ella se sentía cada vez mejor en su compañía ; era agradable, tierno y afable, y al final acabó hablando de cualquier cosa con él.

Incluso le habló de Ron, y de todo aquello que le preocupaba, y le soprendió su propia reacción. Se dió cuenta de que en todo ese tiempo no había pensado seriamente en aquel pelirrojo. Seguía guardándole en su corazón, pero había encontrado un cierto alivio en compañía de aquel hombre, que la miraba con ojos afables.

El remordimiento la reconcomió por unos momentos, pero se obligó a sí misma a no pensar en ello.

"¡¡Tú no tienes la culpa, no te sientas culpable!!"– pensaba para sí misma, mientras sus ojos se cristalizaban, amenazando con verter más lágrimas.

Lupin se acercó a ella, acariciando su rostro, mientras que con un pañuelo algo raído le enjugaba las lágrimas que caían silenciosamente por sus mejillas.

Hermione sintió un súbito palpitar en su pecho, al sentir la respiración de aquel hombre en su cara. Estaba demasiado cerca de ella, y eso le hacía estar algo nerviosa.

Se quedaron mirando fíjamente durante unos segundos, en los que Lupin dejó de secarle las mejillas. Sus grandes manos se deslizaron hasta sus hombros, apoyando su peso en ellos, y, acercándose lentamente, posó sus labios calientes en los de la chica, fríos y sin vida.

Hermione tenía la cabeza totalmente en blanco, sólo prestaba atención a su corazón, que latía desaforadamente, y a la respiración algo entrecortada del profesor, que seguía besándola suavemente, mientras la rodeaba con sus brazos, estrechándola contra sí.

Y siguieron besándose lánguidamente durante un tiempo, en el que no apreciaron que el tren se quedaba completamente a oscuras ; ya era muy entrada la noche y los demás pasajeros estaban durmiendo en sus respectivos compartimientos. Sólo algunos de ellos tenían encendidas las velas, a modo de iluminación, para los que no podían dormir y se dedicaban a leer, escribir o cualquier cosa que los entretuviera. Así que lo único que los daba lumbre era una pequeña vela que flotaba sobre sus cabezas, despedía una luz azulada, suave y fría, que los arrullaba en su cálido afecto.

Cuando se separaron, Hermione sentía las mejillas enrojecidas, y veía divertida cómo Lupin tenía la cara completamente roja ; la miraba como si fuera una ilusión, y estaba realmente nervioso.

Je!!... Vaya, nunca creí que yo pudiera hacer eso... Lo siento, sé que esto te debe parecer una locura, sobretodo al ser yo tu profesor, pero... esque..... verás..... – a media frase se quedó sin aire, y volvió a perderse en los ojos de la chica, que lo miraba con ojos sonrientes.

Hermione suspiró, desviando la mirada de aquellos ojos y concentrándose en el reflejo del cristal de la ventana, en la que apenas podía distinguir sus siluetas.

... Me siento avergonzado, pero no me arrepiento – explicó Lupin – Me gustas. Desde hace mucho tiempo, sí. Ahora que ya no soy profesor en Hogwarts, puedo decírtelo. – Se quedó mirandola, esperando su reacción, y al ver que ella no hacía más que observar el cristal, prosiguió.

He de confesarte una cosa. No ha sido una casualidad el que nos hayamos encontrado. Cuando me disponía a marchar, llegó a mis oídos lo que te había pasado.. ¡¡No, no, no lo saben nadie más que tus amigos!! – le corrigió, cuando ella lo miró sobresaltada. – Es sólo que escuché a Ginny hablar sobre ello con Harry, y... tuve tantas ganas de abrazarte, que salí disparado hacia la estación, para poder verte – sonrió nerviosamente mientras se volvía a acercar a ella – Me monté sin pensarlo en el tren, poco antes de que marchase, confiando el poder encontrarte, y te busqué.... Y te encontré. – sentenció.

Hermione intentaba pensar en aquellas palabras detenidamente, pero su cabeza estaba a punto de estallar ; sus frustraciones, que la ahogaban, sus sentimientos, que ya no sabía distinguir.. Ron, el amor de su vida, Lupin... el que se filtraba en su interior a hurtadillas.....

Entornó los ojos, aferrándose a su asiento. Sus pulmones ansiaban aire limpio, porque el ambiente allí era muy cargado, así que se levantó, buscando salir cuanto antes.

... Estoy... algo mareada, así que voy a salir a airearme – dijo Hermione, y salió precipitadamente de la estancia, dirigiendo sus pasos inseguros por aquella oscuridad.

El traqueteo del tren, que había acelerado su ritmo, revolvía su estómago, dejándola sin fuerzas.

Avanzó lentamente por el largo pasillo, resiguiendo la pared con la mano, cruzando los interminables vagones, hasta que topó con el último.

Fué hacia la otra punta del vagón, encontrando una puerta sellada, y dirigiendo su varita directamente hacia el ojo de la cerradura, murmuró un Alohomora ; con un leve chasquido la puerta cedió.

Hermione cruzó el dintel de la puerta, entornándola tras de sí. Se topó con una barandilla de seguridad que resguardaba la vida de los pasajeros, y de ella se aferró.

El aire, gélido, mordía su piel, y unas pequeñas gotas de lluvia azotaron su cara.

Un rayo cruzó el cielo, negro como el carbón, y a los pocos segundos un trueno rompió el silencio de aquella noche tan extraña.

Inspiró, forzando sus pulmones al máximo, llenándolos de aquel gélido aire, le dió la impresión de que incluso su cabeza embotada se refrescaba y aliviaba, se encontraba mucho mejor... a pesar de que el recuerdo de Lupin la martilleaba.

Se agarró con fuerza a la barandilla para no caer, mientras el tren enfilaba unas curvas muy cerradas.

Dejó caer su cuerpo a plomo, apoyándose en la plataforma del vagón, y cerró los ojos para disfrutar calmadamente de aquella quietud y de la propia naturaleza, que se rebelaba contra aquella soledad.

El cielo seguía chispeando, no obstante, sólo caían de tanto en tanto pequeñas gotas de lluvia, así que siguió allí, quieta, aprovechando hasta el último segundo que le brindara el amenazante cielo, en cuanto empezara la tormenta, regresaría a su camarote... aunque ello significara reencontrarse con Lupin, del que hasta hace poco tenía como un extraño.

Sus ojos se cerraban al sueño lentamente. A pesar del frío, ella se sentía muy cómoda, y acabó cediéndose a Morpheus.

Suspiró entre sueños ; alguien a quien no podía ver la abrazaba con ternura y sin moverla de su sitio, la cubría con algo que le daba calor. Era tan confortable...

Se despertó sobresaltada, algo le hacía cosquillas en la nariz. Abrió los ojos intentando enfocar, recuperando lentamente la memoria, pues al despertar no sabía bien dónde estaba, ni recordaba los hechos acontecidos la noche anterior.

En la línea del horizonte empezaba a distinguirse un azul suave, en poco tiempo la luz jugaría con aquel cielo claro y brillante.

No movió ni un músculo cuando vió a Lupin a su lado.

Él era la causa de su despertar, aquellas cosquillas era su respiración. Estaba abrazado a ella, y apoyaba su cabeza por encima de la de la chica, además, la había protegido con su capa, suficientemente amplia como para cubrirlos a los dos.

Hermione se sintió aliviada al verle allí, aunque se preguntaba cómo la había encontrado, cuándo y cuánto tiempo había pasado con ella.

¡¡Ah!! – murmuró sorprendida – Así que eras tú el que salía en mis sueños...

Sonrió ampliamente, agradecida de que él, sin decirle nada, la hubiera tenido entre sus brazos.

El dolor que Ron le había hecho sentir no se había disipado, ni mucho menos... pero se había sentido tan reconfortada junto a Lupin, que tal vez... podría...

Sus ojos se cruzaron con los del maestro, que se desperezaba de su letargo.

Nada más verla, sonrió, tan afable como de costumbre, con ojos melancólicos.

Hermione le devolvió la sonrisa, mientras aspiraba el aire de montaña, preparando mentalmente las palabras que iba a dirigirle.

Creo que... tal vez... - respiró hondo para proseguir – tal vez me equivoque, o nos equivoquemos los dos... Pero he aprendido a que nunca puedes dar algo por sentado, así que... - por muy extraño que parezca... pues... - no sabía exactamente qué decir.

Sentía que era una traidora, aunque no era ella la que había huído, sinó que la habían traicionado, y... a pesar de ello, su corazón volvía a latir de nuevo, lleno de esperanza.

Los besos de aquel hombre la habían rescatado de su pesar, y ahora sentía firmemente que con él podría ser feliz.

Se mordió los labios, dejándose llevar. Lupin posó dos de sus largos dedos sobre aquellos sonrosados labios, para hacerla callar, mientras apoyaba su frente contra la de ella.

Hermione oía los latidos rápidos de su corazón, que resonaban en sus oídos como si fueran un tambor. Su mirada se perdió en las pupilas color chocolate de Lupin, que a su vez la miraba sin pestañear.

Él susurró unas palabras dulces, que encandilaron a la muchacha, y, lentamente, volvieron a unir sus labios en un beso, tan dulce como todos los que vinieron después.

La aurora nacía, esplendorosa, despertando al mundo de su sueño, tintando el cielo con colores pastel, dando paso a un nuevo día, testigo mudo de un nuevo amor.



Una extraña Pareja

Ginny descubre que el que más la atosiga es el que más la ama... ¿Es posible guardar estos sentimientos?

Harry Potter - Rated: M - Spanish - Romance - Chapters: 11 - Words: 6,839 - Reviews: 24 - Updated: 4-1-05 - Published: 3-9-05 - Ginny W.

Una extraña Pareja Prólogo
Una extraña Pareja 01
Una extraña Pareja 02
Una extraña Pareja 03
Una extraña Pareja 04
Una extraña Pareja 05
Una extraña Pareja 06
Una extraña Pareja 07
Una extraña Pareja 08
Una extraña Pareja Bonus

Victor


Victor y Ron... dos pedazos de hombres. ¿Con cual nos podríamos quedar? ¿Sólo con uno? ¿No pueden ser los dos?...

Harry Potter - Rated: M - Spanish - Romance/Angst - Chapters: 2 - Words: 1,418 - Reviews: 4 - Published: 11-12-04 - Hermione G. & Ron W.

Capítulo 01
Capítulo 02 

Corría desesperado


Harry Potter: Snape, el perfecto juguete.

Harry Potter - Rated: M - Spanish - Angst - Chapters: 1 - Words: 1,137 - Reviews: 7 - Published: 10-21-04



Corría desesperado, tropezando con arbustos y ramas espinosas que le desgarraban la piel y las vestiduras.

Sentía cómo el aire escapaba de su boca a borbotones, y recuperaba sólo una nimia parte ; boqueaba intentando llenar sus pulmones de vida, no podía dejar de correr, le pisaban los talones, estaban allí, tras de sí, podía oír los gritos, los latidos, las respiraciones entrecortadas, el aliento escapando de sus bocas en aullidos y gritos de guerra, risas diabólicas y lujuriosas palabras que el viento le traía en susurros.

Maldecía no tener su poder, el sello que le ataba de pies y manos impuesto por el Lord al haberle sido infiel, lo había dejado desnudo, sin forma alguna de volver a ser el que había sido.

Había pasado de ser un temible mortífago, un malvado mago y un espía sin cara y sin nombre, a ser un niño sin nada.

Un muggle, como todos aquellos muggles que asestaban un mundo sin nada más que aburrimiento, prisas, estrés......

¿Porqué narices se lo habían arrebatado todo, dejándole sin salida? Ahora debía huir, como un ratón, temiendo por ser cazado, y sin embargo, sin aquel lastre, podría acabar con todo en un segundo.

Maldijo entre dientes, apretando la mandíbula, lleno de ansias de gritar de rabia.

No podía detenerse, debía seguir corriendo, pero el aire huía rápidamente de su interior, y su cuerpo empezaba a flaquear. Dando un traspiés, perdió unos segundos valiosos, y un grito lleno de júbilo cruzó al aire ; una saeta de metal con espinas untadas en ungüento le alcanzó, clavándose fieramente en su espalda.

Snape gritó de dolor y sorpresa, y se llevó la mano a la espalda, intentando arrancarse aquella molestia, pero era demasiado tarde, llegaron, y desviaron sus fuertes manos de aquel objetivo, sujetándolo sin piedad, dejando que la ponzoña navegara por su sangre, haciéndole caer lentamente en un profundo sopor.

Los pies, sujetos también por una gruesa maroma, se movían de cualquier manera, intentando deshacerse de los fuertes nudos que lo apresaban, sin conseguir absolutamente nada.

Ya era suyo, no podía salir de allí. Respiró hondo, y con orgullo cerró los ojos y dejó que sucediera lo que le esperase, mientras la ponzoña seguía mermando su conciencia.

Lo llevaron a un claro de aquel bosque por el que se habían internado, lo tiraron al suelo y lo sujetaron, mientras se preparaban.

Mujeres. Quince, veinte, o más.

Sólo mujeres, con las faldas rasgadas, las blusas medio rotas o totalmente desnudas, y con caras extrañas ; lo miraban detenidamente, y le ponía nervioso, aunque no sabía porqué a ciencia cierta, presentía que algo iba a suceder, y no estaba seguro de que fuera nada agradable.

Las mujeres gritaban, entusiasmadas, y se abalanzaron sobre Snape, quitándole la ropa a mordiscos, destrozándola con las uñas, los dientes, cualquier cosa valía.

Quedó desnudo totalmente, y murmuraron algo en una lengua extraña, lamiéndose algunas, mordiéndose los labios otras, pero todas con la mirada llena de lujuria.

Unas cuantas manos, no sabía ya cuantas, lo acariciaban a la vez, alguien lamía su pecho, otra lo besaba, otra se entretenía con su pene, que por mucho que él se negara, hacía su propia incursión, y se erguía enorme para complacer a aquellas féminas que sólo querían utilizarle como un animal.

Una de ellas se montó a horcajadas sobre él, introduciéndose la verga en su sexo, con un grito de dolor que se convirtió en nada en placer, moviéndose cada vez más rápido, mientras algunas la animaban como si fuera una hazaña, y mientras otras seguían tocando y mordiendo al profesor y ante todo al hombre, que cerró los ojos llorosos, gimiendo al sentir su orgasmo dentro de ella.

La mujer se apartó, sonriendo, para dejarle paso a otra, que se dedicó a besar precavidamente su pene, preparándolo para la próxima erección, mientras otra le ofrecía su sexo, jugoso, a Snape, que se quedó en blanco.

La mujer enterró su sexo en su cara, sintiendo al aliento cálido en ella, al sólo contacto de aquello su espalda se erizó, experimentando un orgasmo que la estremeció.

Y mientras, otra, se dedicaba a lamer el pene del hombre, acompañando a la que ya estaba en ello, mientras tocaba a su compañera.

Alguien rió jocosamente mientras se sorteaban a Snape, que empezaba a desesperarse, pues un hombre debía tener algún punto de extenuación. Y sin embargo, cada una de las que estaba allí quería su ración de sexo salvaje, así que no dejaron de utilizar a Snape a su antojo, hasta que pareció que se habían cansado.

Snape respiró, casi sin fuerzas.

El sol había salido ya, cruzando el cielo, pero ellas seguían allí, durmiendo en cualquier sitio y de cualquier manera, y manteniéndole de igual forma, atado y asediado por dos mujeres voluptuosas que dormían apoyadas en su pecho.

Al llegar el sol a su cénit, ellas empezaron a despertarse, y un coro de gritos y risas resonaron, mientras que las que habían guardado el cuerpo de Snape volvían a comérselo a besos, contentas de su hallazgo.

Alguien se acercó, echando a la ninfas de allí, y acercándose a su oído le susurró algo que le hizo estremecer...

No te creas que esto ha sido todo, porque sólo te hemos dado una tregua. Tú vendrás con nosotras... Y serás nuestro juguete... - y lamiéndose los rojos labios, rió, carcajeándose como un demonio, mientras volvía al grupo, sin dejar de mirarle...